Muchas veces los artistas o grupos noveles de éxito inmediato tienen que cargar con la pesada mochila de su segundo trabajo. Una vez consolidado y consagrado el primero, toca trabajar aún más duro para que lo conseguido se mantenga o, si es posible, superar aún más las expectativas generadas por un debut prometedor.

En su segundo larga duración, con tres años de diferencia, largas giras, decenas de directos, grandes festivales y un par de Ep´s de por medio, Ángel Stanich cambió ese personaje oscuro y lisérgico, de rasgos ermitaños y sonido crudo, por un rock menos rugoso, más brillante, nítido y con tonos pop. Con algunos matices y rasgos propios de la psicodelia presentada en su anterior trabajo y marcados acentos electrónicos.

Y no es precisamente que los nuevos caminos me generen repudio. Ni mucho menos los cambios, ensayos ni las búsquedas de nuevos horizontes. La cuestión radica cuando esos nuevos terrenos, tal vez muy fértiles y apetecibles eso sí, parecen pretender construir tejidos alejados de la propia esencia musical que el autor venia ofreciendo. Concibiendo un trabajo pensado para una audiencia asequible. Un masivo público mainstream, de festival patrocinado por grandes marcas alcohólicas y fieles oyentes de esa estación de “eres lo que escuchas”.

Antigua y Barbuda (Sony, 2017) y producido por Javier Vielba de Arizona Baby, en lo que ingeniería sonora se refiere, consigue que las piezas encajen adecuadamente y funcionen en casi cualquier oído, sin rasguños ni tornillos safados. Pero el arte (de gustos dispares y criticas subjetivas en casi la mayor parte de los casos) no es siempre el lugar donde la calidad ni el ensamble de piezas sea el argumento principal, o único al menos, a valorar. Sino más bien ese “algo” ajeno a lo técnico y que recorre los contornos del sentimiento, la sensibilidad y la transparencia artística.

Aún así, se encuentran muchos momentos a lo largo del Lp muy bien conseguidos, auténticos engranajes de acidez, surrealismo y fantasía. Así como el tanteo con la electrónica y un fino hilo conductor de aquella sombra, algo lejana ahora, de aquel cantautor de “La noche del coyote” o de “Mezcalito”. Y aunque la escucha, de fácil digestión, nos haga temer por la perdida, una vez encontrado, de un nuevo y revulsivo elemento en la escena alternativa musical, esperemos que el tiempo, como en la gran mayoría de veces, termine por quitarnos nuestro malos pensamientos.

Texto: Iván Lionel