No son buenos tiempos para los soñadores. Quién nos iba a decir aquella noche en que Astrid Jones recordaba a las víctimas que abandonaron sus hogares en busca de algo mejor; quién nos iba a decir aquella noche, que tan solo en unas horas, tan solo en una noche más, la madrugada del sábado en las aguas de Libia; el homenaje se convertiría en funeral y la nana se camuflaría de réquiem. En la noche negra, negra, como las tierras que se abandonan, de noche también, negra como la piel, negra, como el fondo del mar.

Stand Up se llama su nuevo disco, stand up, ya… como si fuera fácil. Está claro que sencillo no es, pero hay algo mágico que tenemos las personas y que siempre nos hace levantarnos, seguir adelante, con todo, para siempre. Aunque no siempre se gane, el que de verdad lucha nunca conoce la derrota. Algo así estábamos a punto de aprender el pasado viernes en la Bogui Jazz, cuando un saxofón hizo crujir el silencio para dar paso a un show increíble que oscilaba de cien a cero en unos segundos, y viceversa. ¿Soul? ¿Funk? ¿Algún toque Reggae?… ¡Qué más da! La clave no estaba en el género sino en los ligeros toques de cada cosa; un poquito de África, un poco de América, y así se crea aquella mestiza raza que es el género humano, aunque algunos nos pretendan hacer creer lo contrario.

Un magnífico Lázaro Garrizonte que pivotaba entre el teclado y el piano de cola, de vez en cuando hacía chillar el saxofón mientras que Carlos Bratt susurraba a la guitarra y Arnaldo Lescay y Carlos Soria te ayudaban a entender el baile genérico a la batería y bajo respectivamente. De ellos nacía una música pura, con diferentes matices que danzaban alrededor de la hoguera de la música negra, con cambios de ritmo que lograban enganchar al público a la mínima y que hacían que nadie pensara que algo sonaba igual durante demasiado tiempo.

 

La música se veía complementada por los coros de Antonio Tomás y Carolina García, que reclamaban un protagonismo merecido y que demostraron no amedrentarse ante las expectativas y las comparaciones, tan odiosas a veces, pero que a ellos les sirvió de impulso. Y desde luego, a la que habíamos ido a ver, Astrid.

 

Astrid Jones; quien se dejó el alma en la voz, aquella voz que aquella noche voló, libre, como un fabuloso pájaro melódico que de rama en rama, de garganta en corazón, se posa invitando al sentimiento infinito, inmaculado.
 

Es cierto que no son buenos tiempos para los soñadores. Pero en realidad nunca lo fueron. Nunca sabremos cuánto estaremos o cómo nos iremos. A veces, la tragedia cae sobre nosotros; por desgracia, ya lo ha hecho antes, por fortuna, ya sabemos cómo salir de ahí. Son las aguas de la incertidumbre las que nos mecen a la deriva, esas mismas aguas que en su eterna función de naturaleza indomable decidieron abrazar a los desarraigados a la fuerza la madrugada del pasado sábado. ¿Y ahora qué? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué?… incesantes preguntas que quedan en el aire sin caer en ninguna respuesta. La única respuesta que encuentro a la pesadumbre y al ánimo de la vida es la que Whitman establecía en sus preciosas palabras: Que estamos aquí, que existe la vida y la identidad; que prosigue el poderoso drama y que podemos contribuir con un verso. Aceptemos la vida como el drama que es y, mientras tanto, hagamos de cada acto un verso recitado para aquellos que ya no pueden recitar más.

 

Texto: Diego Rodríguez Veiga (@diegoricks) /  Imágen: Mohamed El-Jaouhari

 

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