Cuando Alaín se sube al escenario, con seis amigos, músicos, colegas, acompañantes de la noche – allí es cuando Madrid huele a Cuba. Y cabe toda en una sala, en el Café Berlín, donde se mueve con la rumba antes, con música popular cubana después, no sin pasar por los arreglos de Latin Jazz de los que este bajista natural de Trinidad es uno de los mejores exponentes.

 

Cuando en una noche de septiembre las notas del bajo eléctrico distraen a la masa detrás de la Gran Vía. Cuando todos los ojos y los brazos y las manos y los corazones laten a un mismo ritmo, siguiendo estupefactos el ritmo del tambor.

El aire a Jam Session entre grandes músicos no abandona la sala, dándole al concierto ese toque de ingenuidad y pureza que tienen solo los grandes directos. Luis Guerra, desde detrás del teclado, suelta acordes entre compás y compás (justo allí donde no los esperas), y Alain pasa del bajo a las percusiones (y juro que incluso tocó los dos a la vez) con la facilidad de quien lleva el ritmo en la sangre. Georvis Pico a la batería deja boquiabierta a toda la sala (repleta, por cierto) cada vez que se les dejan tres segundos de libertad, mientras Pedro Pablo suda la gota gorda sentado ante las congas.

Rafael Aguilar y Juan Munguía son los encargados de llevar los más despreocupados y frecuentes solos de la noche, dando, con su saxo y a su trompeta respectivamente, un toque más europeo al estilo de Alain.

 

Es a ese jazz que el sexteto no deja de hacer guiños, aunque nunca quita el pie del conservatorio musical de Cienfuegos y de las carreteras de Cuba, donde Alain nació y creció.

Y es entonces cuando Madrid sabe a Cuba, cuando menos te lo esperas.