[su_heading size=»20″ margin=»0″]La banda granadina tiene ese “plus” que a tantos grupos les gustaría de tener. Conseguir, al igual que la Bersuit, con las tres primeras notas de cada tema  fundirse con el público, una de la características principales del buen arte, unir, en lugar de diferenciarse con fingidos estereotipos o falsa pertenencias a determinados “pseudo-colectivos”. [/su_heading]

 

[su_dropcap]P[/su_dropcap]Pisar las ardientes tablas de un escenario en pleno éxtasis después de haber pasado por el fuego de la Bersuit Vergarabat, no debe ser tarea asequible en absoluto. La Bersuit, a pesar del distanciamiento en los últimos años de lo que era mucho más que su voz principal, sigue siendo esa banda incendiaria que derrocha energía, potencia y creatividad por doquier. Pero por sobre todas las cosas, esta banda argentina sigue siendo ese “grupo de amigos” que haciendo música desde hace ya más de 20 años juntos y llenando estadios de a decenas de miles de espectadores, continua divirtiendo con un estilo personal que mantiene cautivos tanto a propios como extraños. Jóvenes, grandes, viejos, todos ellos pertenecientes, de una manera u otra, al éxito de la banda que ha conseguido, al menos en sus conciertos y gracias a sus letras y música populares, la unión de un país que no para de dividirse cada vez más y más.

Estar entonces en cartel con la Bersuit podriamos decir que es un halago, pero subirse al escenario luego que ellos y, aunque estés “jugando en casa”, más que un privilegio parece ser una presión extra añadida por lo enardecido y excitado que dejan al público. A pesar de todo ello, El Puchero del Hortelano el pasado domingo en Madrid no pareció percatarse de tal “intimidación”, y como algo corriente comenzó a dar gala de un esplendido show.

La Banda, presentando su “Hay días Tour” que la mantendrá de gira a lo largo de todo el país para luego recalar en Latinoamerica, mantiene una actitud bien rockera, cargada de potencia, que la eleva a un nivel de contagio imparable por parte del espectador que ya a esta altura es un sin parar de mover los pies de un lado para el otro. Desesperadamente viva, la voz ronca de Antonio Arco, irradia aquellos rayos de calor, de fuerza, para integrar de lleno al espectáculo a la gente, que sin dudas, con el correr de los temas se va adueñando más y más del mismo, pareciendo por momentos relegar a la banda, o mejor dicho, haciéndola participe de él.

Es así como El Puchero emprende un show de manera detallada, minuciosa, profesional. Cada gesto, cada movimiento parece ser gestado para que la monotonía del espectáculo no se asome ni siquiera por la mirilla a ver que esta sucediendo y meter sus uñas en él. Por momentos es Jose Antonio Garcia que sale disparado del rincón del escenario y vuela en él por toda su extensión concediendo una vehemente cadencia con sus solos de saxo, o situándose delante del micro y tomando el relevo del timón. Un escenario ancho y espacioso termina resultando ideal para que Antonio, en los momentos instrumentales que se lo permiten, lo recorra en toda su anchura buscando caras amigas, cómplices miradas por dejarse invitar a bailar.

 

[su_quote]El Puchero posee una extraordinaria energía, inagotable entrega, enorme talento y un alto contenido de compromiso a la hora de realizar un espectáculo. “Gracias por venir y pagar la entrada en estos momentos tan duros que corren”. Premiaban con esas palabras al abarrotado público que copó la sala Penelope. Detalles que unen. [/su_quote]

 

Demuestran ser un conjunto en sí mismo, y en esa unidad parece estar la clave, aquella buscada receta del éxito. Incluso ni la ausencia de Jorge Cobo en la percusión se vio dañada suplantada excepcionalmente por alguien al quien ya hemos tenido la oportunidad de contarles llevando la percusión de otra banda granadina como Eskorzo en su versión Afrobeat Experience. Cada miembro parece estar compenetrado en ese todo, una guitarra rítmica que acompaña, delicada en expresión y ritmo, el compás de cada tema marcando carácter y solidez hasta el momento en que ella misma avanza al frente de la expedición y así llevarse un contundente “Patri, patri” que recorre cada garganta presente de la sala.

El puchero ya de primeras parece ser una banda natural, audaz y valiente. “Silenciosa”, en el sentido natural de la expresión, contraria a extravagante, sencilla. Porque el silencio es simpleza, y la sencillez es natural y bella por antonomasia, y no necesita hacer ruido alguno que llame una atención desorientada. Una banda profundamente cercana, sin necesidad de adornarse ni maquillar una puesta en escena que cubren a la perfección desplegando pura y exclusivamente su arte, para así contagiar al público y hacerles sentir que el espectáculo es suyo, defendiendo cada tema, banda y público, como un único momento irrepetible. Tal vez, seguramente, sea esa la “receta” del éxito de El Puchero del Hortelano, saber fundirse con su público potenciando la fortaleza del show, unir mas que separar.

 

 


 

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