Un frígido y cristiano dictador sosegado por una ausente democracia. Un marido algo trastocado del gran apetito sexual de su mujer. Actos vandálicos causados por energúmenos y actos inutiles por pacíficos. Cuentas perdidas de cien amores. Opresión de las altas esferas hasta doler el pecho, a las que les pone música y les da de comer. Un hombre embriagado de patriotismo malasañero, cerca de la queja, cerca de la risa, cerca de los labios, contra la euroeurovisión…

Javier Krahe nuevamente ha conseguido izar la bandera de los cantautores y ponerla en lo más alto del panorama local en una abarrotada sala Galileo Galilei. Sala que, entregada y a su merced, dio rienda suelta al jovial e inmaculado instinto carnívoro de este cantautor, predador de estigmas ya marchitos. Junto a él, su inagotable y extraordinario trío que en dos acordes desenmascara el mito de que la música de autor es aburrida. Sumado a una picante rima que juega, año tras año, albúm tras albúm, entre los súbditos paisajes de la cotidianidad del hombre y su satírica manera de observar la vida. Encontrando en el ritmo, la métrica y en la palabra ácida una armonía sin estupor. Una danza contra la pereza, contra la dificultad de entendernos como seres humanos y, simplificando en tan solo cuatro letras, todas aquellas hemorragias de la estupidez humana hasta hacer sentir ridículos tus problemas.

Tanto se ha escrito sobre la figura de Krahe que difícil es encontrar un hilo innovador que pudiera definir su tarea sin tropezar con repetidas palabras y no ensuciar, más que esclarecer, tinta sobre tinta. Es precisamente la singularidad de Krahe y su fantasía lírica, su simple y audaz fantasía lírica que penetra, gracias a la calidad irónica de sus letras, suave sobre los oídos entregados de un auditorio de fieles en busca de repetir viejas sensaciones en un panorama musical que muchas veces aparenta muy poca innovación, agotado, débil y frío.

 

Krahe comienza un concierto como quien se sienta en la barra de su bar favorito, se pide una cerveza y mantiene una charla de manera placida con el camarero de turno, “procurando hacer un buen espectáculo”, marcando desde el comienzo mismo las pautas de un ritual de buena música, rimas pegadizas y enfático discurso. Juega el papel de viejos trovadores y nuevos “hiphoperos”, versión actual de la canción protesta.

 

El cantautor madrileño no se queda en la conjugación fácil de la palabra ni en la lentitud de los sentidos que bañan a esta, sino que sudorosamente, aceita neuronas y despierta conciencias canción tras canción. Digno papel para un fundamentalista del pensamiento. Pero papel que, con el paso del tiempo, fue perdiendo el lugar que tenía entre las cuerdas de una guitarra y la voz de cualquier poeta o cantante que, enajenado siempre, pretendía de manera errónea o no, cambiar al mundo en lugar de llorar siempre a un triste y viejo amor. Encontramos la respuesta, tal vez, cuando muchos se cuestionan el hecho de tocar en salas semi-vacias, como otros tan fieles de sus ideales como su público lo es a ellos, el porque siempre llenan las salas allí donde toquen. Tal vez la respuesta “esté en el viento, pero es que nadie le pregunta a él”, o “tal vez sea la edad, tal vez la criptonita”.

Así entonces, desde Frecuencia Urbana brindamos por Krahe y, sobre todo, por la capacidad de algunos artistas en continuar identicos a sí mismos para seguir siendo diferentes (y no pretender cambiar buscando una originalidad ya repetida). En encontrar en la complicidad con el público la verdadera magia de expresión alquimio-artistica: transformar lo cotidiano en singular y lo singular en bello, y que la eternidad de esa belleza convierta en único nuestros presentes días, el hoy. Krahe continua siendo aquel “viejo pescador, borrachín, tranquilo, sin dar la paliza a nadie de su alrededor, que pretendía vivir a su manera, que era: salir a pescar y pescar boquerón, calamar, o alguna ballenita –que también las da el mar– y después regresar con la frente marchita, como dice el cantar que se suele volver”.