[su_heading size=”20″ margin=”0″]En la intimidad poco iluminada de La Boca del Lobo, la formación daba su primer concierto oficial. Expertos en las jam y en las sesiones de La Grándola de Lavapiés, cuatro miembros del colectivo Madera de Cayuco dan vida a este proyecto, perfecta continuación de la trayectoria recorrida hasta el momento.[/su_heading]

 

[su_dropcap]H[/su_dropcap] ubo un momento, en los fondos de café de la Historia, en el que la música nació. No había géneros, no había diferencias, solo pasiones y melodías ancestrales. Es en ese momento de una película de miles de millones de año que Samá parece haber puesto todo en pausa, aunque pueda parecer imposible en una noche demasiado caliente para ser enero, en una ciudad asfixiada por el ladrillo y el asfalto.  El bajo, que los amantes del sonido acústico de Samá temíamos pudiera arruinarlo todo, es a cambio la aportación que faltaba, un marco sonoro en el que se encorsetan a la perfección todos sus temas. Temas, canciones, melodías.

 

[su_quote]Hablando de Samá es incluso complicado encontrar el término exacto. Porque saben saltar de una composición musical basada en una antigua poesía andalusí hasta un tema con ecos de Springsteen, una balada rock que Nico, el cantante, compuso durante su estancia en la tierra del Boss.   [/su_quote]

 

El toque peculiar e inconfundible de la banda lo pone la Kora, el instrumento africano que parece estar en el escenario para recordarnos, en cada tema, de dónde viene la música con la que nos cebamos cada día. Entre los muchos amigos que Samá invita a subirse al escenario durante el concierto, de casi dos horas, destaca -por mole y por calidad- “El Pola“. Ese cantaor gitano se lanza, acompañado solo por la guitarra, en un flamenco profundo, desnudo y, como decíamos antes, ancestral, que remite a esas raíces musicales que tiene en común con los blues del Missisipi. Una cuadratura del círculo que resume muy bien la filosofía (musical, y no sólo) de Samá.