Volver allí donde todo nació. Buscar ese instante, entenderlo, manipularlo y volver a interpretarlo. A tu forma, a tu manera. A tu rollo, y quien pueda seguir bienvenido sea. Volver adonde todo nació para ver cómo pasó: como si fuera una película, desmenuzarla en todos sus fotogramas, uno por uno, y pegarlos en un nuevo orden. Para que el filme salga precioso, quizás sin una trama definida, pero precioso, como los primeros planos en blanco y negro de las locomotoras de vapor que hacían huir al público de los viejos cinematógrafo.

Allí, en ese punto, en esa locomotora, en ese momento, es donde se sitúa Crudo Pimento. Dos artistas, Raul Frutos e Inma Gómez, y una gran variedad de instrumentos. Desde la guitarra eléctrica más convencional hasta una caja de pimiento montada a un palo montada a una cuerda, slide en la mano. Cada uno tiene su historia. Quién ha podido verles en directo, como nosotros el pasado viernes en El Intruso, ya sabe que Frutos es un polinstrumentista que construye de primera mano los engranajes que sirven para hacer arrancar esa locomotora: un ingeniero de la música en búsqueda de la perfección. Da vida a sus instrumentos a partir de objetos que cualquiera dejaría arrinconado en una esquina a pillar polvo, como un lata de pimiento de 30 centímetros de alto con la imagen de La Purísima.

Si hasta aquí todavía no has sentido curiosidad para saber qué carajo hacen en el escenario Crudo Pimento, es que o tú o nosotros estamos en las últimas. Raul e Inma sobre el escenario. Una comparación con The White Stripes es tan banal que llega a ser acertada, y no nos la podemos quitar de la cabeza mientras Inma percute una calabaza (“murciana”, aseguran) y Raul toca la cuerda metálica atada a su palo sacándole ese sonido al que se inspiran las mejores guitarras eléctricas. Con ese instrumento los primeros bluesmen encontraban las melodías para sus cantos melancólicos mientras el sol se reflejaba en el Missisipi, cuando lo que tocaban era todavía solo un estado de ánimo (“I got the bues”, decían).

 

Allí, sentados, cada uno en una esquina, dejando un hueco en el centro, donde suelen quedarse todos los músicos. En ese espacio es donde danza una música cruda, que vuelve a los orígenes del blues y de la cumbia a momentos alternos.

 

En la voz ronca y profunda de Frutos y en temas como Tic Tac Toc o A Raindow over your Head suenan ecos del mítico Swordfishtrombonespero la sencillez de la lírica (la brillante sencillez) nos devuelve a ese blues que se tocaba con los culos de botella. La música de Crudo Pimento (también en su disco) se escucha “con ruido, con dolor”, como dice el mismo Frutos durante el concierto. El público de El Intruso responde con gritos tejanos y golpeando los pies en el suelo mientras se escuchan las notas de Brand Your Suite. Los dos atraen a los espectadores mientras investigan en la música. Como cuando proponen su versión de un Son Jorocho de Veracruz, música folclórica que viaja a un ritmos de 6 por 8 y que Frutos explica en detalle, haciendo didáctica de su música. Y es con otro tema mejicano, antes de bis con La Cumbia de Los Muertos, que cierran el concierto, bajándose del escenario para tocar con banjo y (otra vez) calabaza, a pocos centímetros del público. “There is no vida antes de la comida” se queda como la frase de la noche y vale como resumen del concierto.

La perspectiva musical de Crudo Pimento es, en fin, revolucionaria. Es estudiada, investigada, didáctica, explicada y remezclada para un público que quiere emerger de la barbarie (o de la mierda, si prefieren) que inunda los escaparates  comerciales a su alrededor.