Oigo la puerta cerrarse, me subo el cuello del abrigo, enciendo un cigarro y veo como el humo se aleja asombrado por todo lo que le queda por descubrir. Tras el ritual me adentro en el laberinto que despliega la ciudad de Madrid. Me cruzo con gente de todo tipo, de todas las procedencias. Algunos invitan a hablar con ellos, otros, sin embargo, invitan a caminar en la dirección contraria.Pero justo al entrar en Independance Club me doy cuenta de lo que todo significa: Madrid es el punto de encuentro de todo aquello que busca un lugar; donde lo diferente no solo se acepta, sino que se celebra. Mientras que Occidente tiene miedo porque cada vez que se enciende un televisor, aparece un musulmán decapitando a un periodista, Salsola nos recordó la belleza que esconde el mundo del islam a través de su fusión de rock “de toda la vida” con música árabe. Nos olvidamos del terrorismo y recordamos los minaretes y los arcos de herradura mientras los sentimientos tomaban como qibla la dirección que la música decidiera. No había mucha gente, pero tampoco la había cuando los Sex Pistols estuvieron en Mánchester e inmediatamente entendimos que la música está para aquellos que la quieran sentir. Por momentos escuchábamos algún aullido que recuerda al cante jondo y fantáseabamos con aquella maravillosa mezcla de culturas que tuvo que albergar Andalucía. Si en Madrid se celebra la diversidad, Salsola se convirtió en una gran celebración exclusiva.

Entonces para la música, y Kilimanjahro aparece para salvarnos del horror vacui al que nos somete el silencio. Si antes mirábamos a la Meca, ahora nos situamos en las laderas del monte Sión, y un cantante sin dreadlocks pero que asegura sentirse rasta, nos hipnotiza con un reggae moderno donde aún se ven las profundas raíces de la cultura, acompañado por una preciosa banda y dos mujeres bonitas haciendo coros. Más tarde, mientras los mecheros servían de velas en esta romántica estancia con los arrancados de África, una de ellas acapararía el protagonismo para demostrar que en el reggae también existen mujeres que merecen un puesto. Se oyó algún One Love, pero los amantes del reggae agradecimos que no se convirtiera en un concierto de versiones de Bob Marley, como tantas veces se hace, tapando todo lo demás que puede enseñar esta música.

La noche iba en alza y había que cerrarla con un broche de oro. De eso se encargó Papawanda. Que preciosa tragedia aquella de cerrar un concierto en el que la gente por una parte quiere escucharte, pero por otra no, porque no significa otra cosa que el fin de la velada. Como viajando a tiempos anteriores, pasamos por la inclasificable música de Papawanda: Una fusión de ritmos e instrumentos marcando el compás al que debe latir el corazón por si la mezcla de estilos nos confunde. “Mejor pedir perdón que pedir permiso” dice ante el micro un cantante descalzo para excusarse y seguir transmitiendo una energía incontenible, que hacía que el público no parara de moverse y de vez en cuando naciera un intento de “pogo” que se convertía en violencia con cariño extasiado por el momento, como cuando follas duro, muy duro.

El concierto acabó y un público inconsumible no paraba de pedir otra. Pero la situación no lo permitía. A pesar de algunas carencias de sonido que nos hacían que no se entendiera siempre a los cantantes (salas de Madrid, en fín…), el groove se había colado en nuestras venas y los huérfanos de la música tuvimos que lanzarnos a las calles de la ciudad, a seguir con el espectáculo de la diversidad. Eran las doce y empezaba la noche, no sabíamos dónde íbamos a acabar, pero quedaba claro que lo mejor siempre es pedir perdón antes que pedir permiso.

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Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks)