No es fácil seguir sus pasos. Desde el escenario te indican el camino hasta las notas de la melodía, pero después te dejan solo en la selva de la improvisación, centrado como ellos para no perderte en la orgía instrumental. Por eso un concierto de Fat Beat! como el de este sábado en el Tempo Club no será nunca un concierto cualquiera, a nadie le dejará indiferente -menos quizás a las cuatro personas que no dejan de gritar en todo el concierto, dobladas, entre gintonics y diossabequé, sí, esas cuatro personas que siempre están y te arruinarán cualquier concierto.

Pero estamos en eso por la música, baby. Algo que los cinco chicos de Madrid recuerdan en cada pieza de un repertorio que mezcla temas suyos con versiones de clásicos del modern jazz. Un estilo que dejan muy claro ya con ‘Cloud’ y ‘Aknowledgment’.

No hay ningún miedo a desbordar los límites del jazz -si es que existen-, no hay ningún miedo a saltar de piedra en piedra para llegar a la otra orilla del río cuando, si quisieran, podrían cruzar el puente

Hemos dicho jazz, sí, pero FatBeat! es una banda indefinible. Es indefinible cada uno de sus temas, y de poco sirve desmenuzarlas, porque uno puede acabar encontrándose con los ritmos drum and bass que marca Alberto Brenes, batería de camisa de cuadro, pañuelo azul en la frente y uñas pintadas de verde. O al igual con las escapadas funky bien marcadas por el bajo de Daniele Moreno y los riffs de guitarra de Mario Quiñones, que recuerdan las bandas sonoras de las películas poliaciacas italianas de los 70. Sin olvidar sonoridades más ambient, como las que Alberto Morales construye desde  las teclas, en una oscura esquina del escenario. Con resultados que llegan incluso a dejar un regustillo a  los últimos Radiohead.

Lo mejor: la sonoridad única de la banda; la potencia de la batería.

Lo peor: ¿por qué pagas una entrada para un concierto si después te lo pasas gritando con tu amiga? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!