…porque el canto, con dolor, es más profundo, es más verdadero. El canto, con dolor, es más canto.

 

La niña salvaje creció en un angosto valle, jugando con las ortigas, persiguiendo a las cabras y conversando con los perros. Sí, la niña salvaje, la misma que acariciaba las cucarachas, bailaba con los saltamontes y por las noches dormía abrazada a una araña negra y peluda.

Ella no era una persona, era un bicho. Un bicho con una mata de pelo alborotado y dos ojos inmensos, transparentes y tan profundos que una vez caí en ellos y no sé si algún día podré salir.
Tocábamos en el chiringuito de una playa de Cádiz cuando se coló en nuestro escenario con su cara inocente y su flauta traversa. Cuando me quise dar cuenta habían pasado 3 meses y estaba comprando un ramo de rosas blancas para casarme con ella.

Aquello fue un lunes 12 de enero; ese mismo miércoles estábamos embarcando en un avión rumbo a Lima, con los instrumentos en la mano y la ilusa idea de comenzar todo de cero.
Nunca me perdonará aquella gira cruzando el desierto con una banda de locos. Ni los viajes de 35 horas en autobús escuchando cumbia chicha y soportando proyecciones interminables de las peores películas de acción norteamericanas. Tampoco me perdonará aquellos bolos en los tugurios más sombríos de Perú y Chile: por eso cada vez que subíamos a uno de esos autobuses ella decidía que no quería seguir conmigo, y yo me quedaba sentado a su lado, siendo soltero de nuevo durante 30 o 40 horas.

Con un poco de suerte me podía dar un ataque de ira y a ella uno de epilepsia, todo mientras sonaban los tiros que Denzel Washington disparaba desde la pantalla del autobús (Denzel cercenándole el dedo a un tipo, Denzel metiéndole a otro un supositorio de explosivos por el culo, Denzel luchando contra el narco mexicano, Denzel secuestrando un hospital, Denzel inmolándose para salvar a una niña secuestrada…).

Nunca me perdonará que estuviéramos todos los días tocando 4, 5 o 6 horas y comiéramos todos los días pan con palta; que acabáramos los dos solos vagando por las calles de cualquier ciudad remota, sin fuerzas ni para hacer música, como dos monos de feria abandonados, esperando que en cualquier momento un ángel de la guarda viniera a rescatarnos.

Gracias a Allah los ángeles nos rescataron. Volvimos de nuestro viaje con las manos vacías. Más tristes pero más fuertes. Y nuestros instrumentos sonaban mejor que nunca, porque el canto, con dolor, es más profundo, es más verdadero. El canto, con dolor, es más canto.

Ojalá nos perdonemos algún día, sí, ojalá. Ojalá encontremos el amor de nuevo a la vera del Camino. Aunque sea cada uno por su lado.

Texto:  Mario Boville       /       Dibujo: Tordezailart



"La templanza" (Por Tordezailart)

“La templanza” (Por Tordezailart)