A veces me sorprendo a mí mismo buscando la transcendencia. Sucede prácticamente sin querer, como si el horror vacui se apoderase de mí y la mera concepción de un vacío, amplio, me hace sentir indefenso y pequeño. ¿Debe un libro aspirar necesariamente a cambiar la vida de alguien? ¿Debe un paseo de una fresca mañana de abril conducir necesariamente al florecer de la primavera? ¿Tiene el blues la obligación de transmitir el grito más profundo del esclavo negro del campo de algodón más recóndito?

Yo suelo pensar que sí, y es por ello por lo que enlazo disgusto tras disgusto como el que enciende un cigarro con la colilla del anterior. Pero no todo el mundo piensa como yo y, hoy más que nunca, estoy dispuesto a aprender. Alejandro Meléndez Campos, conocido en los bares como El Zurdo, trata los temas más significativos del ser y sus desdichas con un toque de banalidad de un domingo por la tarde a ver qué echan en la tele, mezclado con la alegría de un viernes.

El pasado sábado la sala Costello albergó lo que en un principio parecía una reunión de “glorias” de algún sitio, pero El Zurdo no tardó en enfundarse su camisa más tejana, calzarse con sus zapatos más impolutos y meterse al público en el bolsillo, así, de una, sin más, al ritmo de un rockabilly clásico muy bien traído al castellano. Encontrando un equilibrio perfecto entre la pasión y la profesionalidad, el malagueño logró contagiar un estado de ánimo colectivo, que rompía la barrera psicológica para bailar cuando hay poca gente. Al momento el público fue suyo, coreando las canciones o moviéndose irremediablemente ante la música que emitía una banda bien encajada, de donde salían nombres como Coki Giménez (M Clan, Amaral…) u Oliver Sierra (Chambao).

Aunque el escenario de la Costello de por sí ya es pequeño, a medida que iba avanzando el concierto parecía que menguaba peligrosamente mientras la figura de El Zurdo se iba haciendo cada vez más y más grande. Esto llegó hasta el punto que el escenario ya no servía de contenedor, y el continente rebosaba sus límites, tocando la guitarra con los dientes, con un botellín de cerveza o tirado en el suelo.

Aquella noche se cumplió una hazaña difícil en el mundo del espectáculo: la de hacer mucho con poco. Y anímicamente otra: hacer poco de lo que en un principio es mucho; convirtiendo los problemas del amor, de la vida y tantos etcéteras que nos nublan, en simples anécdotas que algún día recordaremos con cariño pero sin rencor.

 

 

Imágenes: Fran Antón (@fran.anton.photo)    /    Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks)