Quizás, ayer al anochecer alguien miró por la ventana mientras pensaba en el lunes y escuchaba una canción en la radio. Quizás, en ese instante, en algunas de las ventanas que aún tenían luz, una aguja caía sobre un disco para escuchar aquella misma canción, o unos cascos que se quedaron enchufados por error aún la emiten, sin que nadie lo escuche, como una voz que ya se ha apagado. Me enciendo un cigarro. Es lunes. Aún no ha amanecido. Conecto la radio. Suena esa canción. Ha muerto Bowie.

La noticia entristece, como es de esperar, y ahora las mentes de todo el mundo se posan en pensar un legado. Más allá de lo que Bowie pudo inspirar a músicos, para aquellas personas que miran a la vida de frente, personas corrientes que no piensan en acordes, trémolos o arreglos, el legado innegable que se mantiene es el de ir hacia adelante, experimentar sin rellenar una casilla definida y premeditada. Y quizás por algún tipo de energía universal, o solo por mera casualidad, los chicos de Fatbeat!, grupo inclasificable que nace de la mezcla, la experimentación y el viaje, me habían invitado a visitarles en uno de sus ensayos mientras se preparan para presentar su último disco, Animals, el próximo sábado 16 en El Intruso.

Fatbeat! no tiene nada que ver con Bowie, musicalmente hablando, realmente, Fatbeat! no tiene nada que ver con nada, pero por alguna razón los nexos se unen de alguna manera en un viaje hacia lo nuevo. El quinteto está formado por Alberto Morales (piano), Mario Quiñones (guitarra), Andrés Miranda (saxo), Daniel Moreno (bajo) y Miguel Benito (batería). La unión de los cinco, y especialmente su desunión, el hecho de que las influencias de cada uno provengan de diferentes aguas, aúna esfuerzos en una banda que consigue un estilo propio e individual. “Encasillar a esta banda es complicado. Suelo decir que tengo una banda que no se parece a nada” dice Miguel Benito. “A nivel conceptual sería jazz fusión, pero parece que esa etiqueta remite a algo pasado y se ha dejado de usar” aclara Alberto Morales, uno de los principales compositores de los temas de Fatbeat!.

Pero clasificarlos como jazz, y ya está, sería una injusticia. Puede que paseen por aguas incluso de free jazz o nu jazz, pero se diferencian del jazz en algo esencial: los solos. No hacen solos en todas las canciones ni componen para incluir un solo, sino que buscan que el solo se integre en la canción. “Queremos que el solo sea parte de la canción y además no vale de cualquier músico, por ejemplo, hay una canción que el solo tiene que ser de saxo porque es lo que va con esa canción” dice Mario Quiñones.

Al asistir a un ensayo he logrado entender algunos conceptos que, al principio, con meras escuchas, quedan intuidos en el imaginario pero no consolidados, como lo es el hecho de los matices. Se trata de una música repleta de texturas que se cuidan en cada esquina del local de ensayo, al parecer liderado por Mario. “Como Pink Floyd en The dark side of the Moon, nosotros tenemos cosas así… ellos entendían el rock como algo parecido a la música clásica, ya no se trataba de un arrebato juvenil, sino de algo más intelectual, pero a la vez muy intenso y visceral… y muy visual, dicen que somos muy visuales y descriptivos” nos dice él mismo.

Ese cuidado tan intensivo del sonido plantea ciertas dificultades en esta sociedad que parece que busca el ruido sin pararse casi nunca a pensar o absorber lo escuchado. “Nuestros mejores conciertos han sido cuando la gente está sentada y en silencio, así jugamos mejor con los matices. Pero tenemos que cambiar el repertorio según para la audiencia que sea y el sitio al que vamos. Lo ideal sería no tener que hacerlo, pero lo hacemos”, dice Miguel, a lo que Andrés completa “Es un repertorio intenso, muy intenso psicológicamente. Todo tiende hacia arriba, hay mucha textura”. Eso puede que sea lo que me llama más la atención de Fatbeat!, el poder concebir las canciones como una especie de viaje, de música móvil que va hacia adelante, a veces sí que se encuentran elementos recurrentes en sus canciones pero siempre como una sensación de reminiscencia, jamás como una vuelta al mismo punto, haciendo que su música no gire en círculos sino que planteé una evolución. Una evolución hacia arriba, que crece, sin ver fin de momento. Quizás esto es lo que me recuerda a Bowie por parte del quinteto madrileño.

Pero ese refinamiento, puede que hasta característico de la música clásica, no significa que haya que tomárselo todo demasiado en serio. Hemos sido lanzados a este mundo para disfrutar.

El título Stromboli salió de una pizzería. Íbamos a presentar el tema en directo, no tenía nombre, y me estaba comiendo una pizza stromboli… pues Strombloli”, cuenta Mario, “Además, preguntamos al público que qué le parecía y la gente aplaudió” añade Miguel. “Nadie dijo nada, no hagas mito donde no lo hay” contesta Mario y todos se echan a reír. “Pero está todo pensado de antemano, en Animals, si lo pones al revés hay toda una colección de ruidos de animales” añade este último.

Aunque la falta de tiempo y la complejidad de la música impiden que le dediquen todo lo necesario, la mezcla de talento y una especie de filtro compositivo al que Miguel denomina fatbeitación, logran un sonido propio, que no se parece a nada y que convierte a Fatbeat! en un grupo de escucha obligada para entender aquello que ocurre en Madrid. Ha muerto Bowie, sí, pero en el mundo de la música resulta absurdo guardar un minuto de silencio por nada, cuando perdemos un artista lo mejor que se puede hacer es ruido. Ruido y música que se entremezclan en las calles de la ciudad, una ciudad como lo es Madrid, donde este sábado 16, los pitidos de los coches y los gritos de la gente en la calle, obtendrán un significado especial de texturas y matices gracias a la música de un grupo como lo es Fatbeat!

Texto e imágen: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks)