En “Erta Ale“, su reciente LP, Ginferno nos entrega una nueva razón de como una banda, sin tener la obligación de pasar por el estudio cada uno u dos veranos, puede seguir siendo vigente e imperecedera.

En algunas de aquellas noches en que las estrellas aplastan y algún que otro brebaje nos excita el corazón, cerramos los ojos y apuntamos a aquella dirección que nos lleva al encuentro de la discordia entre lo deseado e inesperado y lo correcto y efectivo. Es en esa lucha donde las dudas florecen, una incertidumbre existencial que, lenta y zigzagueante, recorre un camino por donde muchos se pierden en jugosas esquinas especulativas. No será este el caso precisamente de Ginferno, puntal de la autentica y empantanada escena underground, ondeando desde hace ya 15 años su estandarte en los mástiles de las, muchas veces, ausentes banderas de la liberación creativa. Esta banda madrileña pero de múltiples vertientes, imagina así que el poder que le brinda el albedrío (el libre, claro), es tan potente y cercano como para toquetearle los anillos a la libertad y bajarle los calzones cagados, robándole una sonrisa a la autenticidad, a lo original y fidedigno.

A pesar de su reducida carrera discográfica, en “Erta Ale“, su reciente LP, nos entregan una nueva razón de como una banda, sin tener la obligación de pasar por el estudio cada uno u dos veranos, puede seguir siendo vigente e imperecedera. Factor similar el sentido en su anterior creación discográfica, “Mondo Totale“, luego de casi una década sin ninguna publicación. Identidad, entrega, compromiso y un diseño estético sin fronteras son los estandartes para distinguirse del resto sin saberse distintos, por marcar un rumbo propio dentro de un áspero camino. Tajando sin escrúpulos y, con filosa actitud, las venas atiborradas de podrida sangre mercantil y pragmática de un mercado cada vez más tosco, rústico y trivial.

El disco parece tener la máxima de “meta tocada, meta quemada“, y así no tener que volver sobre sus propios pasos, reiventándose en cada tema, expandiendo la poderosa fibra muscular del mismo. Destruyendo fronteras y quemando, literalmente, sus propias barreras creativas para que cada canción resulte ser concebida en un ardiente y descampado recoveco sin nada alrededor que perturbe los sentidos. Encontramos así una voz grave que penetra dócil hasta que estalla dentro tu ser, una rutilante batería traicionando esquematizados ritmos con intención y sin prejuicio alguno. Un revoltoso e inquieto bajo, y una banda de vientos de lujo extremo, sonando como los ecos de latigazos en el mismísimo infierno. Explosivos y fulminantes.

Así se ve el reciente álbum de Ginferno y los Saxos del Averno, una inusual fuente de luz y calor que emerge desde las entrañas de la Tierra: un verdadero lago de lava del volcán Erta Ale.

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