Cuando Bob Dylan tomó la decisión de volverse eléctrico, el mundo musical se echó las manos a la cabeza sin saber bien cómo reaccionar a lo que estaba ocurriendo. Aunque todavía quedan (y siempre quedarán) puretas férreos defensores del status quo, parece ser que hay ciertas cosas que están ya superadas. Muestra de ello es el calor con el que se acoge el electricismo de Jorge Pardo, el jazzman del flamenco que ahora navega por los mundos de los sintetizadores y la música hecha por ordenador y que el pasado sábado en el Café Berlín firmó un nuevo episodio hacia una dirección aún por descubrir.

A pesar del factor “virtual” que ahora ronda por partes de su música, Jorge Pardo le sigue arrancando las notas al tiempo, las hace suyas, las transforma y su música suena cálida y fría como el último suspiro que emana tras una puñalada hasta la empuñadura. Coge los sonidos tradicionales, los despoja de casi todo, reduciéndolos prácticamente a lo básico, a la esencia; y vuelve a coger aquella sustancia para llevársela a otro lugar, siendo lo que siempre fue pero, además, siendo algo inédito como nunca.

Así es su música, así la tocó en el Berlín presentando su nuevo proyecto llamado “Djinn” (Genio en árabe). Sobre el escenario, Pardo parecía estar dirigiendo la orquesta desde su cabeza, se veía en sus gestos, y era como que automáticamente si sus pensamientos se materializaran en boca de la banda. Las canciones se iban ensamblando sobre la marcha, iban y volvían del flamenco a otros géneros. Era caos y orden al mismo tiempo y un movimiento incesante que a veces iba hacia arriba, otras hacia abajo, a los lados, y otras simplemente a ninguna parte pero que no cesaba. 

Intimidaba su presencia y su historia. Disfrutaba moviéndose por el escenario pero se aislaba a sí mismo. Parecía rechazar el lugar en el que estaba y se lo llevaba a otro sitio, a un salón con sus colegas y en el que hace música por placer. Esto llevaba a que a veces el público de alrededor de la barra desconectara y hablara y creara un molesto murmullo de fondo al que había que mandar a callar cuando la canción bajaba para adoptar un tono más reflexivo, menos visceral.

Aunque en las primeras filas el silencio era máximo, asistían a una especie de meditación colectiva que se iba asumiendo de manera individual y el trance solo se rompía para aplaudir frenéticamente cuando terminaba algún solo Pardo, alguno de la magnifica banda que lo acompañaba, o para soltar un “ole” cuando el duende hacía insoportable la contención.

A pesar de que era un concierto puramente instrumental, la flauta de Jorge Pardo rompía toda monotonía a la que se podía llegar y en ocasiones parecía que cantaba. Además, había un DJ que de vez en cuando soltaba un scratch mientras que Pardo pivotaba entre la flauta, su inventario de saxofones y un ordenador portátil al que estaba conectada una especie de MPC o de sintetizador con pads que generaban un ambiente sobre el que iba jugueteando y al que se sumaban luego los instrumentos “reales”.

Estas tendencias hacia lo nuevo y la innovación son interpretadas como un esfuerzo por parte del artista para acercarse a las nuevas generaciones. Pardo lo reconoce pero no parece ser que la materialización de ese esfuerzo sea meter un scratch. Las nuevas generaciones viven en un mundo mucho menos idealista y más superficial que el que le tocó a sus padres y es por ello que lo que buscan es la autenticidad. Hay de todo, por supuesto, pero ahí fuera hay un número suficiente de personas, minoritario pero suficiente, a las que no hace falta simplificarle conceptos ni hacerlos más masticables sino que más bien hay que saber estar en un lugar y moverse por un aura y color determinados para llegar a ellos.

Y Pardo llega por ser sí mismo, por no preocuparse de si algo gusta o no sino si le representa al hacerlo. La experimentación, llegando casi a lo progresivo, iba muy lejos en algunas ocasiones pero nunca se pasaba de largo, como si se estuvieran analizando las posibilidades de un nuevo lenguaje.

Cabía preguntar qué habrían opinado de todo esto Camarón o Paco de Lucía, con quienes compartió escenario. El aire irreverente y que jugaba a ser demoledor sobre el que se construyó La Leyenda del Tiempo se repetía en el Berlín en cuanto a sus ingredientes. Lo que convierte al hace dos años nombrado mejor músico de jazz europeo en un referente de la innovación no es su predisposición a hacer cosas extravagantes, que la tiene, sino que a pesar de ello atiende al puro sentimiento crudo que también comparten el flamenco y el jazz.

Cuando la música de Jorge Pardo deja de sonar te invade un extraño vacío aunque llevadero, y  entiendes que se acaba de demostrar que la música más tradicional puede avanzar con la electrónica de una forma verdadera, algo que no es fácil de dilucidar ante otros artistas.

Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks) / Imagen: Iván lionel

 

 

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