La pasada noche de Hallowen se celebró el segundo festival organizado por Honey Roots, con la etiqueta de La Noche Americana y la presencia de Julian Maeso y su banda, The Soul Jacket y Random Thinking.

 

Arrancaron la velada el duo Random Thinking, acompañados en esta ocasión por dos músicos más, al bajo y a la batería. Hay que destacar la puntualidad del evento que, con un margen de escasos minutos, cumplió los horarios anunciados en el cartel. Algo no muy común. La cita era a las 19:30 y al no ser habitual comenzar a media tarde, el grupo tuvo que lidiar con una menor presencia de público. La propuesta de los dos hermanos Pérez no es nada nueva, pero en una noche que reivindicaba sonidos clásicos y concretos, su presencia en el cartel estaba más que justificada.

A la formación le faltó algo de conexión con los que estábamos presentes y quizá si hubieran optado por un formato y planteamiento más íntimo se hubieran potenciado la voz de Aurora y los detalles a la guitarra de Ángel, creando una atmósfera menos potente pero más acogedora. No sé hasta que punto era necesario ir con una base rítmica. Poco ayudó, es cierto, la desasosegante mezcla que les ofrecieron desde la mesa de control, que acababa siendo un poco irritante y acrecentaba la ya considerable distancia que nos separaba de unas canciones interpretadas de manera algo tímida y a ratos mecánica. A mi parecer una oportunidad mal aprovechada para poder meterse a crítica y público en el bolsillo.

Tras ellos vinieron los que para muchos fueron el gran descubrimiento de la noche y posiblemente los que ofrecieron un show más sólido y divertido. A pesar de partir como teloneros del plato fuerte del festival, The Soul Jacket demostraron rápidamente tener el poderío suficiente como para levantar la sala (que estaba practicamente llena ya) y nos brindaron, con una ejecución repleta de gusto, un estupendo viaje por el espíritu rock setentero con mucho conocimiento y respeto.

Su cantante y frontman, una especie de reencarnación del Joe Cocker de la era Woodstock, condujo todo el concierto con gran maestría, sabiendo tomar diferentes roles según requería cada momento de la actuación. Sacando la garra cuando era necesario y sumándose en segundo plano al bloque de la banda en los momentos precisos. Nos ofrecieron un comprimido repaso a un amplio espectro de la música americana aderezándolo con bastantes pizcas de psicodelia y sirviéndolo con sobriedad y fuerza a partes iguales, poniendo a todo el mundo a bailar guiados por los desarrollos y arreglos de sus composiciones. Un buen conjunto de músicos que estuvo a la altura de lo que querían ofrecer y dejándonos con verdaderas ganas de más.

Para cerrar llegó Julian Maeso con su banda, que eran los encargados de poner el punto y final a la propuesta musical de Honey Roots (a los que recomiendo seguirles la pista).
Julián despierta normalmente gran simpatía allá donde va y tiene suficiente bagaje como para transmitir la confianza necesaria a su público para que éste simplemete tenga que colocarse para disfrutar de lo que les ha preparado el artista. Su caracter sobre el escenario de dandy despistado conjuga a la perfección con su manera de cantar e interpretar a los teclados y guitarra su repertorio, consiguiendo que las miradas se dirijan hacia él con una mezcla de admiración, respeto y curiosidad. Como si estuviera seduciendo al público a la vez que se intenta gustar a si mismo.

Durante el recital hizo el recorrido a través de las canciones de su último disco, cabalgando por diversos territorios y apoyado fielmente por unos intérpretes de su nivel, notándose que también ellos están bastante curtidos en el terreno de las jams sessions. Precisamente un pero que le pondría a este show era esa sensación de inestabilidad que por momentos tienen las reuniones improvisadas de músicos, dando la impresión a veces de que no acaba de estar perfectamente amarrado lo que sucedía sobre el escenario, teniéndose que apoyar Julian en alguna ocasion en la solvencia de su banda para retomar el control y a la vez no explotando del todo lo que tenía ahí arriba, principalmente en el caso de las dos coristas.

De haber estado más medido y controlado el show todo habría relucido más pero, sin embargo, de esta manera se resolvió algún pasaje no de la manera más lustrosa.
Maeso cocinó un plato de agradable degustación, pero hizo que a veces la mirada se nos fuera a esa sartén que está a casi a punto de quemar el filete, aunque al final lo salve de manera repentina.

Esto es algo que, interpretándolo desde una postura más condescendiente, no hace si no dejarnos el poso que sólo los pequeños y entrañables genios pueden conseguir cuando trascienden
a la mera ejecución de canciones y nos muestran un paisaje de montañas y valles en los que percibimos sinceridad y vida.

Maeso, que tiene algo de genio, transmite esa vida y por eso está donde está.

 

 

Texto: Arturo Jímenez Calvo   /   Imágenes: Iván lionel