[su_heading size=”16″]Ligula iza en alto su propia bandera formada por marcados retazos pop, rock, y unidos con el etéreo hilo folk que tan bien suena a lo largo de todo el disco.[/su_heading]

[su_dropcap size=”3″]A[/su_dropcap]unque la confianza en las noches de tormenta ondeé violentamente en el mástil de la deseperación y se aferre, literalmente, a las ganas y a aquella, su pequeña porción de necesidad por construir o deconstruir lo dado, esta claro que la intemperie de la creación desarrolla su mejor factor en dichas condiciones. En medio de aquella necesidad que parte de todo artista por suscitar dentro de lo ya acontecido la originalidad, de coger, retal a retal, descosidas y ajadas telas, unirlas y engendrar una propia bandera que ondee libremente, parte así el disco de Ligula, de homónimo nombre, una creación dentro de falsos límites y viejas fronteras.
Ligula, iza en alto entonces, aquella, su propia bandera, formada por marcados retazos pop, rock, y unidos con el etéreo hilo folk que tan bien suena a lo largo de todo el disco. Suave, natural, sencillo y sin más pretensiones que la de ir haciendo camino, retazo a retazo, y creando en la  búsqueda misma un sonido propio, una propia bandera con que ondear libremente.

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