La verdadera esencia de lo que significa Madrid solo se ve en la oscuridad. Cuando la mayoría de las millones de personas que viven en la ciudad ya se han recogido en sus casas es cuando salen aquellos que tienen que aportar algo a la verdadera esencia madrileña. Madrid es movimiento, es cultura, es personas y lugares extraños, es donde las personas desafían sus propias lógicas, es belleza y suciedad, sexo, aburrimiento, la parte en la que se esconde lo que lo más profundo de uno pueda desear. Madrid es música.

Es en ese contexto en el que nacen Los Wallas, una banda formada en un principio por dos pero luego extendida a cinco y que ha sabido convertirse en catalizador de una escena que emerge en la ciudad: la del surf, garage, rock n’ roll, o lo que sea, o de todo un poco; ya saben, el género al que responden esos grupos que llevan gafas de sol, bigote, camisas estampadas y mucha energía y buen rollo.

El pasado viernes, Los Wallas actuaron en el Café La Palma demostrando un repertorio de diversos sonidos que no se estanca, donde cada canción quiere tener su propia voz. Todas están unidas por el nexo de la música blanca estadounidense pero a veces se bañan en las costas de California, otras veces cruzan alguna autopista de Arizona, entran en una taberna del lejano Oeste y otras tocan en algún bar de Nashville de esos de cuando el rock n’ roll llevaba contrabajo.

Los Wallas - Café la Palma (14-1-2017)

Los Wallas – Café la Palma (14-1-2017)

Las canciones eran cortas, como es habitual en este tipo de movimientos, y el público parecía entregarse de lleno a cada una como si intentara darlo todo antes de que acabara la música. La gente coreaba las letras, “Quítame la camisa, que me quites la maldita camisa”, bailaba y a veces parecía que iba a entrar en pogo pero no llegaba a culminar. A lo mejor la estrechez del espacio en el Café La Palma prevenía al público del pogo por miedo a una especie de asfixiamiento colectivo o algo por el estilo.

A pesar de que Madrid es una tierra de grandes oportunidades para los movimientos culturales, la ciudad a veces se pasa de cool. Lo que en un principio es extraño, por original, y llama la atención, se acaba explotando y conduciendo hacia la redundancia. Pasó con Malasaña y sus bares “alternativos” y pasa con la música, donde hay una saturación de grupos cool (es que no hay otra palabra) que cantan en inglés, que venden una estética muy alternativa pero ya poco original o que tocan muy rápido para intentar que alguien obvie que no saben tocar. Vienen numerosos grupos a la cabeza.

Mientras hay bandas que no dicen nada y paran la programación de Radio 3 bajo estrictos cánones de tendencias, Los Wallas sirven de antídoto desde dentro para todo eso. Pertenecen a lo mismo pero, en esencia, son diferentes. Cantan en español y respetan el sonido, trabajan la parte meramente musical a través de instrumentales y no llegan, pegan cuatro gritos guays, y se van. Pero el mundo funciona como sabemos que funciona y el pastel de un género que Los Wallas ayudaron a asentar se derrite en otras manos.

La cuota negativa de la noche fue que el Café La Palma no está hecho para disfrutar. El escenario es pequeño y alto, los artistas se aglomeran en una tarima mientras que el público se aglomera a lo largo en un sitio pequeño, que no suena bien y que parece estar hecho para cualquier otra cosa. El sonido no llega bien y, por ende, por desgracia a la música le cuesta transmitir. Pero la tenacidad de Los Wallas tranquiliza, no hay oportunidades perdidas y, parafraseando a Bogart, siempre nos quedará la música y mejores sitios en los que volver a vernos.

Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks) / Imágenes: Iván lionel

 

 

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