Catorce escalones hacia arriba y una vuelta a la derecha en la calle del Sombrerete. Son pocas tiendas, una detrás de la otra, cerradas y tristemente iguales, son cuatro chicos africanos que ríen y fuman hierba. Son casi las diez y media, y la puerta de la Grándola está enroscada. No se escucha la música, todavía no, o no tanto como se escuchará desde la calle, dentro de unas horas.

Giulio, detrás de la barra, colgante al cuello y acento italiano, lanza una mirada al que entra, mientras sirve unos botellines a alguien como si no lo tuviese que cobrar nunca. La Grándola es un espacio pequeño, pero cabe un concierto o una obra de teatro. En las paredes están los manifiestos de posiblemente todos los movimientos sociales que hayan pisado el barrio de Lavapiés, o poco falta. Debajo de una reproducción de «El cuarto Estado» de Pellizza da Volpedo, se están afinando guitarra, cajón y lo que damos por bueno como una kora. [su_quote]En pocos minutos, una guitarra flamenca se embarca en un viaje hacia Marruecos, un canto de Senegal se esconde detrás de una percusión andaluza y un ritmo del caribe hace latir las palmas a un chico sentado en una mesita, en primera línea de música. El fantasma bueno de Lavapiés se pasea por el local.[/su_quote]

«Madera de Cayuco nació hace 5 años, cuando algunos de los que hoy formamos el proyecto nos conocimos en un taller de percusiones», nos cuenta Giulio mientras le escuchamos echados encima de la barra. Son una mezcla de personas de  nacionalidades de medio mundo («grupo de inmigrantes», asegura la prensa seria) que decidieron juntarse para disfrutar de lo que mejor sabían hacer: música para muchos, arte o danza para algún otro. Algo que plasman en actividades como grupos de teatro y talleres de danza o percusión. «A veces nos dicen ‘proyecto multicultural’, pero la palabra…no me gusta», dice Giulio con un guiño en la cara. «La idea es más bien la de hacer algo juntos a partir de las diferencias que nos unen», una definición que es la mejor incluso para quien, mientras hablamos con Giulio, sigue llenando el local con la música de un mundo posible. También ellos son parte del Madera de Cayuco. «Gente como esta tiene el nivel para llenar grandes salas», matiza este activista cultural y percusionista italiano mientras sirve un par más de botellines. «Con la madera del Cayuco -nos cuenta- se hacen dos cosas: los djembes y los barcos con los que la gente venía desde África. Cuando le descubrimos, no dudamos en dar ese nombre a nuestro colectivo». Ellos, desde la madera de los djembes, invitan a todos los ritmos del mundo a participar en una sola gran banda.