Normalmente Halloween siempre me trae escalofríos. Esta última vez no fue excepción. El miedo irracional no se debió a las máscaras de payasos asesinos ni a las calaveras y trozos de cuerpos humanos que adornaron los bares, ni tampoco a las mujeres enseñando carne disfrazadas de Harley Quinn, quizás uno de los personajes de moda más machistas. Halloween me dio miedo por la masa de niños que cuasi asaltan tu casa para pedirte chuches, por las máscaras de Donald Trump y, sobre todo, por el entretenimiento prefabricado y vacío de contenido, motivo y gracia.

Pero los que en Halloween, el pasado martes 31 de octubre, acudimos a la sala Siroco encontramos un refugio de lo absurdo en el concierto de Mezcalina Jones. La banda, que nace de la mezcla de los componentes de Matuja y Mind Control, ofreció un fabuloso concierto de música alternativa, de rock duro y de tintes progresivos.

Mezcalina Jones tiene un escaso mes de rodaje pero en una sola noche concentraron varios hitos difíciles que se resumen en torno al concepto de llenar: llenar tras haber tocado dos días antes; llenar con solo tres canciones propias publicadas en su Ep debut, y llenar la noche de Halloween, que ataca a todas las capas del tejido social como si estuviéramos celebrando algo muy nuestro. Así, el público de la Siroco tuvo que hacinarse hasta en las escaleras porque la pista dejó de ser una opción factible; eso es llenar.

Nada de ello es por azar. Las claves del grupo oscilaron entre una música de rock duro, puramente energético y potente, que se compensaba con una faceta más progresiva, que iba dando altibajos; dejando lugar a la improvisación del guitarrista. En ocasiones, esta cara más técnica permitía que la música respirara sobre sí misma, conociéndose, creciendo y caminando por unos derroteros que llevaban al clímax.

La música es previsible, pero a la vez no. No es del todo rompedora pero siempre vas a encontrar algo que te sorprenda, algo diferente que al principio no asimilas pero donde luego todas las piezas encajan. Así, entonces, de un momento a otro, estas escuchando una nota psicodélica estilo Pink Floyd que pasa a un sinte de Muse y de fondo el cantante con una voz con un toque blues. No es casualidad que para ampliar el repertorio tocaran, entre otras, un cover de Royal Blood.

Toda esta especie de hecatombe musical se envuelve dentro de los cuatro miembros de la banda que hacen que te lo creas de verdad, que seas parte de un mismo todo. A pesar de ello a veces el gancho, aun así, se pierde. Aunque de forma individual sobresalen, en algunos momentos les cuesta encontrar una compenetración completa entre los cuatro, seguramente producto del escaso tiempo que llevan como conjunto arriba de un escenario. A ello se suma que las letras no siempre se llegan a entender del todo, sea por pronunciación o vocalización, y hace que te pierdas mensajes que seguramente sean muy interesantes que quedan supeditados a lo buena que es la voz.

Siempre es interesante ver a una banda nacer, sobre todo cuando no son cuatro colegas jugando a ver a qué suena sino cuando son cuatro buenos músicos aunando fuerzas y eligiendo una misma dirección determinada.

 

Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks)  /   Foto:  Javier Martínez