El Viernes pasado, Alex Nooirax, el padrino del rock underground de Madrid desde hace unos años, nos brindó otra cita más con el sonido guitarrero que resuena en las catacumbas de la ciudad. Empiezo por mencionar a este incansable promotor porque seguramente sin él este tipo de eventos tendrían dificil cabida en la agenda de conciertos semanal. Esto se puede constatar por el caracter endogámico (osea que casi siempre van los mismos) y por el escaso relevo generacional (osea que se ve a poca muchachada) palpable en estas reuniones musicales.

Es cierto que el rock no está de moda, al menos este rock con tintes experimentales y progresivos que pudimos presenciar en la cueva de El perro de la parte de atrás, pero es de agradecer que tanto el ya citado jefe de Nooirax, como salas como Wurlitzer, La Faena, El perro… y otras más, apuesten por mantener viva la llama del género, tan necesaria para la oferta cultural como la apertura de puertas a nuevas y fusionadas propuestas. Y con esto no quiero decir que lo que se vivió fuera una noche de clásicos, todo lo contrario, aquello rezumaba a contemporaneidad y vanguardismo, pero parece ser que no es lo que más se acerca a los gustos hispters del momento.
Abrieron la doble propuesta los Phonocaptors. En resumidas cuentas, cuatro maromos soltando riffs a diestro y siniestro mientras bailan entre el metal, el surf y el espíritu más garajero, llegando a conformar compases que ciertamente hacían pensar que entre toda esa tralla se podían encontrar momentos de gracia.

Phonocaptors en El Perro de la Parte de Atrás, septiembre 2015

Phonocaptors en El Perro de la Parte de Atrás, septiembre 2015

Ellos lo bailaban pero el público no. Respuesta demasiado estática para lo que tenían que ofrecer. Y eso que no se echaba en falta a ningún cantante, pues el teclista, colocado hábilmente en el centro del escenario, ejercía perfectamente de maestro de ceremonias.
El truco para disfrutarlos era montarse en sus canciones y cabalgar con ellos contemplando el paisaje.   A toda velocidad, eso sí.Me desconcertó su final, un poco abrupto, quizá debido a cierta frialdad de los asistentes o tal vez causa del aspero caracter escénico de la banda. Algún día lo sabremos.

Después vinieron los gallegos Cró, que dentro de la escena se están ganando el calificativo de “grupo de culto”. Hay que decir que tres cuartas partes de la formación estaban sentados y eso ya, para el que no los conozca, puede chocar. Sú música no es fácil. Son mentes inquietas. Se nota que rebuscan el arreglo en cada pasaje. Rizan el rizo siempre que pueden. Puede que demasiado, o no.

Deconstruyen la estructura de la canción estandar para volver a armar algo que indudablemente acaba sonando a ellos. Juegan sin tapujos a encontrar respuestas donde muchos ni siquiera buscan preguntas, esto es, en la armonía y en la dinámica.
Pero cuidado, aunque a veces puedan sonar como la lista de Spotify que se escuche en los garitos heavys del infierno no es más que un recurso compositivo. Ellos están más cerca de una muestra artística avantgarde en el auditorio de un moderno centro de exposiciones. Puede que ése sea su futuro. O no.

 

 

Texto: Arturo Jiménez Calvo   /   Imágenes: Iván lionel

 

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