Vámonos. Venga cógeme de la mano que partimos. Robaremos un viejo Cadillac y conduciremos bordeando los campos de trigo que en su día albergaron las muchedumbres de Woodstock. Iremos por carreteras que atraviesan desiertos, que forman los caminos de Kerouac y los beat, esos muchachos que nos presentaron las auroras harapientas mientras seguían sentados en los bordillos de las aceras viendo símbolos en las alcantarillas saturadas; aquellos Rimbaud y Verlaine de los Estados Unidos en Times Square. A una atmósfera idéntica nos invitaba la música de The Soul Jacket el pasado sábado en la Wurlitzer Ballroom.

Clasificar el sonido de la banda gallega y reducirlo a meras etiquetas, sería algo injusto; como si las referencias o las influencias tuvieran un carácter más de limitación que de camino libre a seguir. Pero para hacer el intento literario y que el lector escuche a través de estas palabras, no queda otro remedio que remarcar los diversos tintes de rock n’ roll y rythm n’ blues, principalmente, que desplegó la banda a lo largo del concierto y que interpretó con un persistente empuje escénico. Todo ello acompañado por ligerezas de soul e incluso algún momento de reggae.

La unión que presentaba el grupo compactaba el sonido en una perfecta simbiosis acelerada por la potencia de dos guitarras eléctricas que conversaban entre sí y un bajo que recordaba a aquel amigo que aunque no veas a menudo sabes que siempre está ahí. Sumado a una batería que conseguía salir de ese papel a veces secundario, colocándose en el punto de mira del revolucionar anímico que la música, a veces con generosidad, a veces con osadía, se permite conferir. Y una voz…una voz que tenía el grito al aire de los negros en los campos de algodón, la rabia del desamparado, y que creaba el ambiente del hielo derritiendo y fusionándose con el bourbon mientras el humo denso como el tiempo sobre el minutero tiñe la noche de color sepia.

La noche de Madrid es aquel lugar donde todo ocurre, donde los estímulos recibidos en las salas de conciertos como la del pasado sábado te permiten soñar con otros lugares, con otras personas, con otros colores que otras noches no logran aunque compartan luna, farolas y aquel cielo que se estrella en la locura que sirve de vía de escape a lo cotidiano.

 

 

Texto: Diego Rodriguez Veiga (@diegoricks)   /   Imágen: Iván lionel

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