Un directo de Tranceúntes es una escala al delirio. Un juego musical donde el cuerpo inmoviliza los pensamientos dejándolos absortos y libres de toda culpa. Dando al baile, al movimiento y al desorden el papel principal de la noche.

Por más que los años pasen y la inventiva humana vaya a gran velocidad, hay cosas que nunca cambian: la corrupción en la política y en la vida “mundana” en general, la lucha y desigualdad entre las clases sociales, el retraso de una ansiada llamada o la partida del metro dos segundos antes que lleguemos al andén. Otra de las cosas que a lo largo de la historia han existido siempre, es esa búsqueda innata en el hombre hacia lo nuevo, lo diferente, lo original. Lo exótico. Es cierto que algunas veces esa misma búsqueda nos hace perdernos por superfluos pasadizos cubiertos de una fina capa de “seudo-originalidad”, resumiendo a ésta en algo así como “me sale de forma natural”. Para seguidamente continuar con un rotundo “es que las reglas están para romperlas”, aún no teniendo ni la más remota idea que de qué carajo van éstas. Pero existen otros casos, y he aquí la parte que nos interesa, donde aquélla búsqueda se transforma en una perfecta armonía entre las “leyes” escritas con la tinta de los años, y el filoso y joven martillo de la modernidad. Una especie de “clásica vanguardia”. Una fiel búsqueda de lo desconocido. Y quién mejor para ejemplificar este enredo retórico que la sonoramente extravagantemente banda madrileña Tranceúntes. Y ahora si que me detengo por un momento, me acomodo suavemente sobre el respaldo de mi silla, invitándolos a seguirme, y dejándoles aquí un fragmento de este peculiar grupo de música, para que así con el ejemplo pueda uno “predicar” mejor…

 

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Aunque parezca inconcebible, nada de lo que se imaginaron segundos antes al escuchar esa estrafalaria música tiene que ver con su realidad en el vivo y el directo. Sino que en este, el grupo potencia, aún más, todo un arsenal sonoro a base de un constante juego frenético de texturas, estilos y rítmos varios. Tranceúntes comienza su búsqueda primero y antes que nada por los “trastos viejos” de la música. Ahí mismo donde las raíces del Oriente profundo se cruzan con el deje de la alocada cadencia puramente jazzera. Con instrumentos que, imperecederos, quedaran marcados en la historia, pasando años e innuerables aparatos tecnológicos que lo quieran a éstos desplazar sin éxito alguno. Es decir, una batería, un bajo y una guitarra. A partir de ahí, junto a un seductor juego de percusión y un armonico didgeridoo, comienza la mutación hacia lo estrambótico y singular de su música.

Un huracán de sonidos y ritmos patentados bajo la impronta de la electrónica y una actitud rockera cien por cien.

Una base rítmica gruesa, potente, infernalmente cadenciosa, que da espacio a la libre inventiva y a la vertiginosa creación melódica en la guitarra-midi. Que avanza y retrocede. Se repliega y te embiste. Que marca el territorio, juega, carga, dispara y vuelve, impoluta, al mismo lugar donde todo comienza una y otra vez. Una, y otra vez.


 

 

 


Imágen y texto: Iván lionel